A cargo de Yolanda Morató.
¿Cómo se define a un genio? ¿Recitando una interminable lista de logros, de descubrimientos, de originalidad a raudales en diversas disciplinas? ¿Empuñando la pluma del biógrafo para demostrar qué razones le llevaron -como a la mayoría de ellos- a comportarse de manera tan hostil, tan castigadora y mordaz con la sociedad que lo rodeaba? La vida y la obra de Wyndham Lewis (1882-1957) se prestan a todo esto pero encierran mucho más: la historia de un precursor en casi todo que quedó relegado a un espacio secundario como si no hubiera significado casi nada; la tenaz empresa de capitanear el arte abstracto geométrico en Inglaterra cuando ondeaba la bandera del Post-impresionismo y las naturalezas muertas eran el último objeto de deseo, y el figurativo cuando la pintura se había rendido al arte abstracto; pero, sobre todo, la visión de futuro de quien se definió a sí mismo como "el Enemigo" para poder continuar con la heroica defensa de la modernidad que desarrolló durante casi cincuenta años hasta el momento de su muerte. Lewis fue uno de los pintores más completos y reconocibles del siglo XX, un novelista ingenioso, un ensayista avispado, pero pagó por sus errores más de lo que recibió por sus triunfos.
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